“Nunca vas a encontrar eso que imaginas”.

“Nunca vas a encontrar eso que imaginas” me decías, y tenías razón.

Él me encontró a mi.

Entera, con todos los trozos que tu dejaste bien unidos, cemento que el tiempo fue recopilando para rehacer nuevamente mi coraza, aunque nunca, ninguna, es del todo perfecta. Ni siquiera Dark Vader y su estrella de la muerte se libraron, y yo no iba a ser menos.

Si, Él me encontró aunque no me buscaba, ya ni siquiera me creía real, demasiado cansado de buscar lo excepcional en la oscuridad de la multitud de convecialismos y prejuicios.

Me encontró en la noche, como río desbocado que inunda todo con su azul de fondo verde, y se cuela entre esa grieta que ni tu sabías que existía, ese pequeño hueco por el que entraba el poco aire que ya eras capaz de respirar, ese pequeño hueco de menos de un metro cuadrado, y que bien atacado es capaz de destruir la más impenetrable fortaleza.

El agua entró y el mundo se volvío azul.

Las viejas canciones volvieron a sonar para contarnos todas las cicatrices y  los finales de nuestras películas favoritas el hilo conductor de nuestros principios.

Si, tenías razón en eso de que la gente no cambia, ni tú ni yo lo hemos hecho. Solo puedo agradecerte el daño, por que no es que me hiciera ni más fuerte ni mejor, me reafirmó en que soy lo que soy, ni mejor ni peor, diferente a ti, y a lo que tú imaginabas del futuro.

Y es que, que coño, tenías razón, y ya no creía que lo que veía mi imaginación existiera, ya no buscaba. Era él quien me tenía que encontrar un amanecer entre sus brazos y encontrar la paz en un cruce de miradas entre extraños.

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Las casitas de colores.

Eran como La extraña pareja , a ella le había enseñado su padre a bailar al derecho y él era zurdo; ella planificaba cada día con mimo en su agenda y él le arrancaba las hojas tan solo con mirarla; ella tomaba el café con la leche fría y a él le gustaba con ella hirviendo; a ella no le gustaba el tomate y a él la cebolla. Aun así compartían su mundo inventado entre las cuatro paredes de algúna habitación en sus casitas de colores.

Viajaban de vez en cuando a su casa roja. Allí siempre era invierno. Y no importaba que brillase el sol cuando la cama se convierte en una sala de cine, y el tiempo se pierde entre canciones. Donde los juegos oscilan entre un tablero de ajedrez y un piano. Se podía saborear el verde y nadar en el rio.

Escapaban más de cuando en cuando que de vez en vez a la casa naranja. Allí era verano. Sabía a pereza y remoloneos eternos para salir de la cama. A desayunos con calma con el mar a los pies. Le hacían trampas a Maverick y se llevaban la música a su lado.

Soñaban con la casa azul. Allí las estaciones iban cambiando. Los días serían solamente días, pero seguírian durmiendo abrazados. Tendrían jardín, con perales, manzanos, melocotoneros y piscina, sí, jardín y piscina. Con azul y verde al horizonte. Con una pecera, tres habitaciones y un columpio. Siempre con El niño de la gorra  como música de fondo. 

Maraña.

Maraña: 

De origen inconcluso. Sustantivo femenino.

1. Conjunto de hilos o cosas semejantes que están enredados y entreceucijados de tal manera que no se pueden separar.

(Hacían una maraña de sueños con el hilo rojo que unía sus manos).

2. Conjunto de plantas que crecen muy juntas y enredando sus ramas que dan lugar a una gran espesura.

(Hacían del ramaje de sus diferencias una maraña natural que los hacía invencibles).

3. Asunto confuso y díficil de resolver.

(Le hacían burla a todos los imposibles cuya explicación no era más que una maraña de propuestas triviales).

4. Conjunto de hebras bastas que forman parte del exterior de los capullos de seda.

(Vestía mi tacto de marañas de dulce seda).

Marañas, como los caminos de la vida.

Marañas, como la eléctricidad convulsa que desprenden tus manos.

Marañas, como nuestros cuerpos arrebatados. 

Marañas, como el remolino del mar en tus ojos.

Marañas de sueños que son Tú.

Frío.

Frío, húmedo, grís,de ese que cala hasta los huesos,                                                                                                                                          que entumece, que deja sordo.

Que acaricia y tersa el rostro al contacto,                                                                                                                              que apaga por congelamiento las lágrimas.

Frío, palpitante, rojo,                                                                                                                                                                  de ese que hace que respires,                                                                                                                                                    que cada inhalación cristaliza el oxígeno en los pulmones                                                                                   clavándose como dulces agujas                                                                                                                                             que cosquillean, que te hacen sentir.

El 24.

Hace mucho que no te escribo, tienes razón. No es desidia, ni poco tiempo, es solo que te echo de menos, y mis ganas me impiden pensar en nada más, secuestran mis palabras y alargan los minutos.

Te echo de menos, simple y llanamente, no hay más reflejo que ese en mi mirada. El vacio de la tuya. Los kilómetros que las separan.

Las noches que todas son la misma sin tu olor entre mis sábanas.

Tachar una cifra en el calendario, y ya van quince cruces, y aunque resten o sumen, según por que lado lo mires, no me acerco a el 24.

Ahí está, quieto, callado. Como un gato agazapado tras el quicio de la puerta. Protegido por su muro rojo, esalzándolo entre la muchedumbre de los días negros.

Ahí está, mirándome, sonriente como el gato de Chesire, en una rama posado viendo como paso tras paso me acerco a èl pero sigo sin poder tocarlo.

Maldito 24. Ya te cansarás. Ya llegarás. Y sucumbirás perezoso entre ganas y deseo. Noches que no son. Champán y encaje. Pasarás y serás, serás en el que llegamos para nunca más irnos.

Los sueños de noche o las sonrisas de día.

Que fácil sería todo si aprendieramos a disfrutar de lo que no importa, o no parece importar, o quieren hacernos creer que no importa. Pero importa, aunque no nos demos cuenta.

Nos acostumbramos a vivir deprisa, racionando los segundos como el último puñado de pipas cuando ves que va a haber prorroga en la final de la champions, a exprimirlo como si fueran las naranjas del desayuno que cada días nos hacemos en la cocina de nuestras casas a las seis y media de la mañana, sin fijarnos siquiera en los colores que nos va regalando el amanecer o en desearle los buenos dias a nuestra pareja, que sistemáticamente y al unisono prepara café. 

Mirarás los titulares del día y la remesa de notificaciones que te ha llegado durante la noche, y entre sonidos guturales decidireis quien se ducha primero, sin tan solo pensar que quizás una ducha conjunta sea la mejor manera de comezar el día, aunque llegues cinco minutos tarde a trabajar, quizás, al menos, te vestirías con una sonrisa mientras vas maldiciendo cada uno de los coches que se te cuela delante para acceder a la autopista y sincronizas las pulsaciones del claxón con la canción cansina de radio formula, porque un días más estás atascado.

Llegarás a trabajar, a tu oficina, a un comercio, a una farmacia, a un hospital o a la mismísima calle y ahí comenzará realmente tu día. 

Hasta ahí parece que bien, ¿verdad?. Sigamos. 

Encenderás el ordenador y abrirás el correo, o tal vez, aparques el coche y te pongas una americana muy bonita que viste de rebajas ayer y hoy estrenas porque parece que te hace sentir mejor. Saludarás a gente, negociarás, responderás como mínimo tarde a 15 de los 37 correos que tienes en la bandeja de entrada, discutirás con un compañero o con tu pareja porque no te responde al mensaje de que vais a cenar esta noche. No te habrás dado cuenta y serán las tres de la tarde, calentarás un tupper con las sobras de la cena de anoche, un café de la máquina del pasillo de la derecha y seguirás a tus cosas hasta las cinco. Hora en la que harás exactamente lo mismo que ocho horas atrás pero en sentido inverso, casí como si atrasarás las manecillas del reloj.

Llegas a casa y son las seis y media de la tarde. Recoges todo lo que no hiciste a la mañana mientras esperas que llegue tu pareja, para decidir sin miraros, otra vez los titulares y las notifiicaciones, que cenáis.

Cocinaréis, con un poco de suerte habrá música de fondo, sí, esa misma canción, solo que esta vez llevas el ritmo con la espumadera mientras fríes unos huevos.

Cenaréis y comentaréis que tal el día, la misma historía de siempre, y sin darte cuenta son las once y apagas la luz y el mundo para encender los sueños. 

¿Que sueños?.

¿Tener una persona con la que compartir todo aunque en realidad no tengas nada o aunque ni siquiera crucéis más de cuatro frases a lo largo del día?. ¿Ver crecer los ceros de tu cuenta corriente?. ¿Tener una casa grande con jardín a las afueras para disfrutar de la libertad?. ¿Hacer regalos caros, cuanto más caro mejor, porque te quiero mucho y de verdad?.

Hagamos un experimento.

Levántate como cada día, y mientras exprimes las naranjas, quítate las legañas, dí Buenos Días en voz alta, te sorprenderá saber que pueden responderte. Si lo hacen, señala hacía la ventana y si no lo hacen sé tu el que mire hacia la centana y observa los colores. Lee los titulares, y mándale un beso escrito o dibujado por mensaje a quien tengas al lado. Dúchate, vístete y vete a trabajar, no sin antes haber cogido al azar un cd de esos que tanto lucen en la estantería y que hace años que no escuchas, cree que nadie te ve y canta. 

Automatízate las siguientes ocho horas con el modo sonrisa ON y tal vez algún mail no llegue tan tarde como parece. Baja a tomar el café al bar, no olvides la cartera, las Buenas tardes, el por favor y su amigo Gracias. Remata el día. Conduce de vuelta a casa pensando en algo que tengas ganas de hacer y hazlo. Besa a tu pareja cuando llegue, sin aviso. Agota todo lo que le queda de luz al día y después vuelve a apagarla, pero antes dime:

¿Los sueños de noche o las sonrisas de día?. 

MD

Pequeña niña, muñeca de porcelana. Efectos secundarios de perder el control y las formas, de dejarse ser, de estallar.

Cerrar los ojos, levantar los brazos y dejarse envolver por la música y hacerla de fondo, mientras buceas sin plomos.

Encontrarte pequeña niña, agazapada en un rincón, doblada como una bolsa en un cajón.

Tus ojos aun brillan, las pupilas se te dilatan y hasta te molesta la luz. Caminas y miras a tu alrededor.

Arboles, desplegando sus ramas sobre ti, bailando contigo. Arboles de los que siempre dan cobijo.

Y no puedes parar de sonreír, muñeca de porcelana.