Una llamada.

Fue un miercoles de Otoño, el día que ya no esperaba, en realidad, hacía dos años que no la esperaba. Algo tan sencillo y tan pequeño como una llamada de teléfono. Una de esas en las que te dejas la vida, y parece que nunca llegan. Te sientas y esperas, un día tras otro; una noche tras otra, sin poder dejar de mirar la pantalla cada medio minuto, pero la muy puta no se ilumina, no vibra, no suena  Mr. November de The National, y te cansas de esperar, te levantas y sigues caminando y olvidas.

Olvidas los sueños que perseguías, olvidas.

Te dejas arrastras por las corrientes de la rutina.

Madrugar, ir a un trabajo que no te gusta, disfrazada de sonrisa y buen humor, y llegas a casa y solo quieres dormir y no puedes. Tu mente es un bucle de insomnio entre nebulosas de música y resquicios de ilusiones que siguen merodeando tu puerta, pero no sabes como coño llamar.

Un día, sin más, derrepente, como todas las cosas buenas ( y las malas, claro) se enciende la pantalla, pero no estás atenta. Levantas las cejas ante un número desconocido y llamas.

3 minutos y una videoconferencia que acaban con un salón vacio de muebles de ikea y libros apilados en el suelo, con un despespertador impasible y entre sus brazos. Con las maletas cargadas de ropa inundando el coche, dos lámparas y una alfombra.

Un espactaculo de amaneceres coloreados en un nuevo balcón, en otra ciudad.

Un sueño, que como todos, llega cuando no lo esperas.

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