París seguirá ardiendo.

Recoge tus zapatos,

está nevando ahí fuera.

Huyamos lejos,

soñemos solos.

Anúdate la corbata,
está lloviendo ahí fuera.

Corramos audaces,

desmembrémoslos sigilosos.

Sacude el vestido,
azota el viento ahí fuera.

Salvemos la vida,
matemos fantasmas.

Haz la maleta,

está saliendo el sol ahí fuera.

Cantemos en rojo,

París seguirá ardiendo.

  

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Una chica normal.

Ella se veía normal, con sus rarezas y manías, pero al fin y al cabo no tenía nada de especial. Era callada en las multitudes, pero si le dabas luz en el cobijo de la intimidad era capaz de contarte su historia con toda cantidad de insignificantes detalles y hacer del silencio un monologo de anécdotas capaz de embrujar. No podía dormirse si la puerta del armario estaba abierta y si tenía los pies destapados. Odiaba cocinar y cantaba en la ducha. Tenía manos de pianista, y le encantaba robarme la guitarra cuando yo no estaba en casa. Sus piernas eran largas como aquella noche que fue mía y sus ojos anunciaban como carteles de neón sus más profundos deseos. Le gustaba el fútbol y la cerveza tanto como a mi y el sexo con ella es algo que solo sabréis si tenéis el valor de acercaros a ella. Porque amigos, había que echarle huevos para acercarse a ella. Porque ella cuando no sabía que era ella, era luz, era musa. Una musa a la que un poeta, más crápula que poeta como yo no debería haber mirado; y al que ella nunca debería haber escuchado.

Pero un día, la miré, es más, la besé y al segundo siguiente supe que estaba perdido, que había enmudecido. Mis ojos solo podían mirarla y mis manos dejaron las letras y la guitarra porque solo querían tocarla.

Le dejé escuchar mis canciones, las que había escrito antes de ella a cualquier mujer que pensaba única y quería llevar a mi cama. No os lo dije antes, pero verla escuchar música era el mejor de los espectáculos. Se sentaba en la cama con sus largas piernas cruzadas, los cascos puestos y el volumen al máximo, cerraba los ojos y si la mirabas podías ver como de su piel salían las notas para envolverla y acunarla a su son, y ella se dejaba llevar, como se dejaba llevar por mis manos.

Se enamoró de mí y yo de ella.

Pero ella solo se veía musa cuando se soñaba guitarra en mis manos, y si no la tocaba soñaba con ser letra, convertirse en canción para sentirse eterna. Pero yo había enmudecido y ella no lo comprendía, al fin y al cabo siempre se veía como una chica normal.

Ojalá hubiera podido regalarle mis ojos, que se viera como la veía, que se quisiera como la quería, porque amigos, sí, la quise, más que a la propia vida.

Pero había enmudecido y nunca se supo mía, hizo de la vida muerte y la mentira fue la peor de las huidas.

Me la encontré años más tarde, llevaba el pelo corto y un vestido verde. Nos cruzamos por casualidad y nos tomamos un café, la muy cabrona volvía a brillar y mirarla a los ojos era como mirar al cielo tumbado en la playa una noche estrellada. Nos pusimos al día y vi como se seguía creyendo una chica normal.

Nos despedimos con dos besos.

A los tres días llego a mi casa una carta. Siempre le gustó escribir cartas, para ella era como pasar el rato en un sofá con una copa de vino y la persona a quien escribía, jugaba con el tiempo, doblaba las hojas y escondía en tinta de colores puzzles de letras. Antes de abrirla ya sabía que era de ella aunque el remitente únicamente versaba: “Las letras que te robé”.

El sobre escondía este cuento que os acabo de contar, el de una chica que se veía normal y a parte de tener el poder de convertir dos horas en dos minutos si estas entre sus brazos, puede robarte la vida y hacerse cuento.

La muerte del silencio.

… Durante un tiempo el silencio la abrazó tan fuerte que enmudeció, sus manos en la garganta intentando acallar lo que sus entrañas gritaban. Las manos temblorosas intentando acariciar las teclas que antes le hacían soñar, saltar, bailar.

Silencios que mataron fantasmas propios y ajenos.

Enajenadas ideas de un amor que solo fueron huesos rotos crujiendo y manos encadenas imposibles de acariciar.

Noches perdidas entre mares de plumas y lágrimas que se hicieron más eternas que las vividas.

Y amaneció, con el azul del cielo en unos ojos que querían dar envidia al mar.

Despertó enroscada a una espalda que de añorar cobijo se hizo hogar.

Desató sus ganas, sus manos y el sonido sincopado del latir de un corazón que bombeaba tinta.

Y volvió a bailar, entre un mar de extraños que la miraban y a ella le daba igual. Ya no iba a parar, ya no se iba a callar …

Tactos.

Volvió el tacto vibrante de su sonido a mis manos, como el mío viviendo escondido en la punta de tus dedos.

Calzarse los tacones para salir a bailar y romper la noche entre el ruido de canicas que ruedan por el techo.

Atar al pasado en el clavijero y dejar que suene el futuro atravesado en mi garganta.

Ganar al miedo y dejarse llevar, porque sí. Cantar susurrándote los días que vendrán.

  

Pájaros y Mariposas

Cruces de caminos que nos llevan a elegir el lado hacía donse seguir caminando.

La música siempre acompaña el danzar y revolotear de los pájaros y mariposas que adornan mis pensamientos.

Aleteo constante que me despeina y me hace parar a inhalar el instante.
Un segundo de una hora de un día que no es más que un día y que me trajo hasta aquí.

Imágenes de lo cotidiano que te hacen parar en el camino y dejar inmortalizado el momento, atándolo suave con lazos desencadenados como telas de araña que salen de mis dedos.

Piedras que no son más que la conjunción de mares de tinta y vuelos sinérgicos que mecen palabras.
Comenzamos a andar y dejar constancia de nuestro paso, sin huellas que nos delaten, con imágenes en la memoria.

Ideas que surgen de las sobremesas en familia de tus notas, mis letras y nuestros instantes.
No te detengas, sigue adelante. Viajemos sin movernos de nuestro rincón.
  ¿Me acompañas?.